lunes, febrero 26, 2007

La divertida levedad del ser.

Lo pasé en grande este domingo. Desperté tarde, fui con amigos a una masia y comimos y bebimos hasta jugar al corro de la patata con los perros. Luego, ya en casa, permanecí una hora en la bañera, leyendo y suspirando. Una vez arreglado, comenzaron a venir amigos. Iniciamos los chistes y las barbaridades propias de esa panda de cachondos, y vimos una peli de zombis, como corresponde a una noche del domingo. Finalmente quedamos Ortega y yo. Mi amigo Ortega tiene uno de esos trabajos antiguos en desuso, fabrica y vende argollas para las napias de los carneros. Es más próspero de lo que parece, no en vano marcha la semana que viene a Nueva York para cerrar un lucrativo trato con los gerifaltes del McDonals. El caso es que, a las tantas de la noche estabamos hablando de bellísimas estupideces, jugando con el ordenador a juegos de nuestra infancia que nunca llegaron a marcharse del todo, y bebiendo una preocupante cantidad de cerveza. Ante mi inutilidad para hacer ir en bicicleta a un maldito pingüino por la pantalla, Ortega empezó a reir como un caballo beodo, de manera que me contagió y reímos sin porqué un buen rato. Entonces habló.
-Woswis, si te parece normal que a nuestra edad tengamos que estar partiéndonos el ojete ante un puto ordenador... ¡Parecemos unos críos, coño!
-Sí, bueno... Tampoco sabemos hacerlo de otra manera. El espectro que se abarca desde estas risas, hasta el cabreo por darse con la esquina de la estantería en la cabeza es el nuestro. El resto de preocupaciones y responsabilidades no parece que nos pegue mucho.
-Claro coño. De qué hay que preocuparse. Lo hacemos a nuestra manera y punto.
-¿Pero no te parece que el hecho de que lo estemos comentando ahora mismo ya indica un poquito de inquietud por la tardanza de algún grado de madurez, por pequeño que sea?
Agarró la cerveza y se bebió medio litro de un largo trago. Luego se limpió con la manga de su jersey del elefantito, y me miró afable desde la lejanía de sus ojos.
-No.
Y no me pregunten por qué, pero tuve la total certeza de que decía la verdad.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Nada que añadir...

Anónimo dijo...

La verdad es que por un instante lo dudé. Pensé que tal vez estábamos perdiendo el tiempo y que lo mejor que podíamos estar haciendo a esas horas era dormir.
Por fortuna, tamaña estupidez se fue de mi mente tan rápido como había llegado y me di cuenta de lo que ya sabía:
Esto es lo que quiero y no pienso perderlo jamás.
Lamadnos Peter Pan, nos la trae el fresco. Esas risas y esos tragos no nos las quita ni Diox!

Anónimo dijo...

Amén!

Carlos OC dijo...

La madurez no significa renunciar a esos momentos.
Haceis bien. Y no sois los unicos.

Un saludo